28 Febrero 2007
Ha llegado una caja de libros nueva a la biblioteca. Es una donación de un particular que no quiere facilitar su identidad, pero que asegura "estar muy sensibilizado con las personas que sufren problemas de salud mental, ya que he vivido de cerca este problema hasta hace a penas unos meses". Nadie firma la nota que acompaña la caja ni tampoco hay remite. Debe de haber al menos unos 50 libros, y todos parecen encontrarse en buen estado.
La voluntaria con rastas color lila nos ha dado la noticia, ha sonreído con la boca abierta hasta dejar ver el piercing rosa chichle de su lengua y, después, ha dicho:
–Ahora le pasaré todo esto a la responsable de área para que decida cuáles son adecuados y cuáles no y... en un par de días... ¡libros nuevos para todos!
Nos trata como si todo esto fuera una parodia. De hecho, incluso a veces pienso que es así. El fallo es que yo no he elegido representar a este sórdido personaje. Alguien me cambió el guión en el último momento y, por más que intento retomar el mío, el real, no lo consigo. Siempre hay una alcantarilla bajo mis pies dispuesta a absorver mi alma, a sujetar con anzuelos cada una de mis venas, a arrancarme los latidos y la esperanza...
Brunito me observaba mientras yo miraba al suelo.
–¿Qué quieres? -le he dicho, con voz baja y cansada.
Después he intentado sonreírle, pero me ha sido imposible.
–Quiero ser Bruno -ha dicho, con voz temblorosa.
–Ya eres Bruno.
-Sí, pero... soy Brunito, no Bruno. Quiero ser Bruno y quiero serlo siempre. Quiero...
La voluntaria nos ha mandado salir porque "aquí se viene a leer, chicos, no a cuchichear... ¡gracias!".
Hemos salido al pasillo y hemos seguido hablando.
-No sé a qué te refieres -le he confesado.
-No quiero ser dos, no puedo más... Quiero ser un hombre... -su voz sonaba más grave, su mirada era más profunda y su forma de moverse era más lenta- Quiero... quiero caminar como un hombre, amar como un hombre, salir de aquí y vivir... No puedo más...
Se ha derrumbado en el suelo y, de rodillas, ha seguido llorando. Dos batas blancas lo han levantado y medio arrastrado hasta llevarlo detrás de una puerta verde.
-Pobre, no sabe ni lo que quiere -ha dicho una voz con sonido de madera a mi espalda.
Era la anciana delgada, la "ratita" de la obesa multicolor. Su presencia y aún más su frase me han sobresaltado. La he mirado fijamente, interrogativa, pero sin hablar.
-¿Cuántos años dices que tiene ese muchacho negro? -me ha preguntado, casi al instante.
-Creo que veinte... o eso me dijo.
-A veces veinte, a veces treinta y cinco... Según el día... Según lo que le toque en cada momento...
El hada de tamaño descomunal y colores infinitos ha salido de algún lugar y se ha precipitado hacia nosotras. Al verla, la vieja ha fingido que no hablaba conmigo, ha bajado la cabeza y ha entrecerrado los ojos. Aprovechando que a mi izquierda se encontraba la puerta del servicio de mujeres, he aprovechado para escapar.
-¡Ratita! ¡Ratoncita mía! ¿Qué estabas haciendo ahí, tú sola? Porque, ¿estabas sola, verdad? –Lidia gritaba con voz aún más aguda que la de esta mañana.
He abierto la puerta de uno de los retretes y me he sentado sobre la taza. Quiero esta sola.
Ellos son los locos.
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28 Febrero 2007
–Cuando escribas una obra de teatro me tienes que poner de hada. No tendría ni que interpretar, porque muchas veces pienso que de verdad soy una criatura de los bosques –me dijo, y limpió de ambos lados de su cara el sudor que perlaba su piel clara antes de ofrecerme dos besos y un abrazo fuerte y caliente.
Se llama Lidia y es una mujer obesa que viste con colores chillones. Ya la había visto antes por aquí, pero nunca habíamos hablado. Hoy llevaba una especie de tocado sobre la cabeza formado por florecitas hechas de lana y un collar de semillas.
–No sé si escribiré una obra de teatro alguna vez... –le he dicho.
–Pequeña mía, tienes que dejar salir a las musas que llevas dentro. No puedes permitir que se marchiten. ¡Hay que crear, cielo santo, hay que crear!
–Sí, y hay que creer... –he dicho, en voz baja.
No me ha escuchado y ha continuado hablando. Le gusta oír el sonido de su voz y, normalmente, prescinde de lo que los demás tengan que decir.
–Hay que crear con las manos y con la mente. Es terapia, es pura terapia. Y hay que dejar siempre que todo fluya de manera natural, espontáea... ¿Cuándo fuiste espontánea por última vez?
Me ha mirado fijamente mientras jugueteaba con las semillas del largo collar y me he sentido como Alicia frente a la Reina de Corazones.
–Supongo que ahora. Ahora mismo, mientras respondo a tu pregunta... –he dicho, fingiendo una media sonrisa.
–Sí... y yo seré un hada en tu obra de teatro. Pero no me pongas de segundona ni de nada de eso... El hada reina de los bosques, esa seré yo...
–¿Quién te dijo que escribía? Además, hace tiempo que no lo hago...
–Esas cosas se ven en la distancia. Y yo soy muy intuitiva. Puedo saber muchas cosas de la gente sólo con mirarla. Puedo ver su aura. Puedo sentir el latido de la Madre Tierra y respirar como lo hace la hormiga, el tejón o la ballena... Todos somos el Cosmos y todo venimos de la misma madre.
–¿Brunito, quizá?
–¿Perdona? ¿Quién? Ay, no sé... soy muy mala para los nombres... Pero ese muchacho negro me dijo que tú podías convertir en un libro cualquier cosa que se te ocurriera.
–Me gusta escribir, pero aún no he escrito ninguno... Tengo aún pendiente escribir la biografía de una amiga que murió hace un tiempo, pero...
Cuando ni siquiera había iniciado mi segunda frase, Lidia había comenzado de nuevo a disfrutar de su propia voz:
–Yo tengo muchas ideas y podría escribir muchos libros, pero lo mío no son las letras. Yo necesito más espontaneidad, cosas más viscerales, menos calculadas...
Una mujer delgada, con la mirada, el pelo y la ropa del mismo tono gris apagado y apolillado se ha hacercado a Lidia.
–¡Cariño, pero si estás aquí! ¡Te he estado buscando por todas partes! ¡Por todos los rincones! ¡Por todos los escondrijos de los ratoncitos! –le ha espetado la obesa Lidia a la esquelética anciana.
Después, la ha abrazado, besado, colocado bien los botones de la chaqueta de lana raída, y se la llevado, cogida del brazo.
–Eres como una ratita. Eres como mi ratita traviesa que se esconde y no sé nunca dónde está... –iba diciendo la mujer de 130 kilos a la que a penas llegaría a los 50.
Las dos se han alejado de mí hasta desaparecer por una de las puertas de la sala de "vida social". Me he quedado allí, sentada en la misma butaca, intentando librarme del olor dulzón de la aspirante a hada obesa y conmovida por la docilidad de su "ratita", y he pensado en Princesa: cielo, te debo un libro, dónde quiera que estés... Ojalá me leyeras... Ojalá me vieras... Ojalá me sacaras de este agujero de pesadilla, irrealidad y agujas. Ojalá me llevaras contigo...
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26 Febrero 2007
Brunito ha venido a buscarme a la sala de lectura. Se ha sentado a mi lado sin decir nada, mirando hacia el frente, como si yo no estuviera. Con su forma de coger aire, me ha dicho lo que después no se ha atrevido a pronunciar: sólo quiero reconciliarme, pedirte perdón por mi desplante de esta mañana (de hecho, estoy segura de que, de haberme pedido disculpas, se habría referido a su actitud precisamente con esa palabra, "desplante"). Despúes ha soltado el aire muy despacito. Olía a espuma de afeitar y apretaba los puños con un ligero nerviosismo.
–¿Tú sabes cómo funciona esto? –me ha susurado, por fin, mirándome fíjamente a los ojos.
–¿Esto? ¿Qué es esto? –le he dicho, en tono neutro.
Quería saber cómo funciona la biblioteca –la limitada biblioteca– para buscar un libro.
–¿De quién?
–Del poeta cubano más superior y más grande. ¿A que no sabes quién? –me ha espetado, inquisitivo.
Le he mirado con desgana. No hay nada nuevo que quiera saber ni nada que desee recordar. Sólo quiero que el tiempo pase; ya ni siquiera veo una salida a todo esto. Sólo quiero permanecer impasible mientras el mundo gira, explota o cambiar de rumbo: ¿qué importa?
Brunito ha dejado de ser Brunito y se ha convertido, de pronto, en un Bruno con diez años más sobre su espalda morena.
–Cuando tu mirada se pierde, ¿dónde queda tu niña? –ha pronunciado, seria y lentamente, como si buscara las palabras más exactas.
–¿Niña?
–Sí, la niña que tú fuiste, ¿dónde está? ¿Qué ha pasado con ella? ¿A dónde escapa cuando se te vacían los ojos de esa forma?
Bruno me miraba con rostro de adulto. He abierto la boca para responder sin siquiera saber qué palabras iba a pronunciar. Una voluntaria con jersey de arcoiris y rastas moradas ha colocado su cara ante nuestro silencio.
–Hola, me llamo Clara, ¿sois nuevos en la «biblio»? ¿Sabéis cómo va?
Me he tragado mis palabras de aire vacío y he mirado al suelo.
–Busco un libro –la voz de Brunito ha vuelto a sonar infantil de nuevo.
–¡Ey, eso es genial! –ha dicho Clara.
–Nicolás Guillén, ¿te suena? –ha pronunciado Brunito, subiendo el tono de voz.
La voluntaria le ha hecho gestos para que mantuviera el tono de susurro y los dos han desaparecido tras las estanterías situadas a mi espalda.
Al rato, he visto cómo Brunito pedía a Clara que sacara una fotocopia de un libro marrón. Luego, ha buscado un bolígrafo dentro del bolsillo de la camisa, ha escrito algo, y ha vuelto hacia mí.
–Voy a dormir un rato, estoy cansado –me ha dicho, en voz bajita.
Ha desaparecido y ha dejado a mi lado un folio con un poema de Nicolás Guillén sobre cuyo título se podía leer, con letra manuscrita: «Que tu niña nunca muera o la echaré de menos».
LA TARDE PIDIENDO AMOR
La tarde pidiendo amor.
Aire frío, cielo gris.
Muerto sol.
La tarde pidiendo amor.
Pienso en sus ojos cerrados,
la tarde pidiendo amor,
y en sus rodillas sin sangre,
la tarde pidiendo amor,
y en sus manos de uñas verdes,
y en su frente sin color,
y en su garganta sellada. . .
La tarde pidiendo amor,
la tarde pidiendo amor,
la tarde pidiendo amor.
No.
No, que me sigue los pasos,
no;
que me habló, que me saluda,
no;
que miro pasar su entierro,
no;
que me sonríe, tendida,
tendida, suave y tendida,
sobre la tierra, tendida,
muerta de una vez, tendida. . .
No.
(Nicolás Guillén)
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26 Febrero 2007
Una paciente de la planta de aislamiento se ha quedado embarazada. ¿Cómo? Nadie lo sabe. Se baraja la posibilidad de que el óvulo estuviera ya fecundado antes de su ingreso en el horrible agujero. Esa es, al menos, la posibilidad que las malditas batas blancas quieren que se vaya convirtiendo, poco a poco, en oficial, incluso antes de que ellos lo confirmen. Entre quienes viven entre estas rejas, las versiones son variadas.
La noticia ha corrido por los pasillos atestados de desinfectante con la misma velocidad con la que los tranquilizantes nos inundan la sangre cuando la aguja de frío abrasador nos perfora una vez más la misma vena. Brunito ha sido el primero en hablarme del asunto, y también el primero en ofrecer una solución, según él, "tajante, natural y mejor, imposible". Me ha contado que su padre, ese gran santero cubano de nombre para mí aún impronunciable, "cura las barrigas que son de accidente" –es decir, los embarazos no deseados– con una infusión –un "cocimiento", ha dicho exactamente– de la raíz de la planta de algodón. "Nunca hablas, me miras como si fuera idiota" –me ha dicho, después. Se ha levantado y ha desaparecido.
La vida aquí, en algún punto de este inmenso edificio asfixiante, quiere emerger. Vida podrida, vida purulenta, vida sedada.
Pienso en la habitación de aislamiento y recuerdo el olor amargo del sudor de aquel enfermero. El pánico me retuerce el intestino y una arcada bombea desde mi corazón. Aunque sea sólo repugnancia, hoy, en mucho tiempo, vuelvo a sentir.
Ellos son los locos.
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23 Febrero 2007
Brunito ha venido a darme los buenos días esta mañana en el comedor. "Ya he desayunado, porque me gusta levantarme muy temprano, pero te acompaño", me ha dicho. No he tenido fuerzas para decirle que prefería estar sola. Su presencia me produce un sentimiento muy contradictorio: por un lado, el blanco oscuro de sus ojos dibujados de finas venitas granates me repele y, por otro, la nube imaginaria en la que parece viajar y su forma de perder la mirada, tan infantil, me causa ternura. Me ha hablado bajito de ritos y santeros, de hierbas milagrosas, de gallinas, cocos, collares, caracolas, chozas... Luego ha pasado a hablar sobre edificios de cristal, mazorcas de maíz asadas en la calle y ejecutivos que engañan a sus mujeres "porque nunca las han querido y nunca sabrán cómo es querer a alguien". Ha continuado divagando, mezclando ideas y, mientras, mi mente ha escapado.
He recordado un sueño. Una de las noches que pasé en el cuarto de aislamiento soñe algo que no había rememorado hasta esta mañana. Soñé que tenía planeado acudir a una matadero de reses para someterme a un proceso extraño, horrible, sangriento. Los clientes del matadero acudían allí para que sacrificaran a sus animales y, mediante un rápido proceso, convirtieran a las vacas, ovejas y cerdos en filetes, chuletas y demás piezas de carne listas para saltar a la sartén o a la vitrina de la mejor carnicería.
Y yo también quería pasar por aquel proceso. De hecho, ya tenía reservada una fecha y una hora. Supuestamente, mediante su avanzada maquinaria, transformarían en chuletas y bistecs todas aquellas partes de mi cuerpo sobrantes, impuras o inncesarias. Yo misma podría comerlas después, debidamente cocinadas y condimentadas. Sería una especie de operación quirúrgica liberalizadora, rápida y sin anestesia. Después vendría una lenta recuperación para que las heridas se fueran cerrando y mi cuerpo recuperase su estado de perfección.
En el sueño, de repente, un rayo de lucidez me hacía darme cuenta de lo que allí me iban a hacer y me preguntaba cómo había sido capaz de plantearme aquella posibilidad como válida. El pánico comenzaba a invadirme y pedía ayuda a quienes alguna vez fueron mis amigos. Ellos me miraban, incrédulos y sin comprender por qué resultaba tan importante para mí anular aquella cita sangrienta. Recuerdo que les decía una y otra vez "no puedo acudir, no puedo, es una locura", y ellos respondían con algún que otro desanimado e indiferente "y eso, ¿por qué?", y miraban hacia otro lado o buscaban otra conversación más coherente para sus cerebros.
Recuerdo que cuando desperté estaba sujeta a la cama con correas. El enfermero que olía a sudor amargo acababa de entrar en la habitación. Volví a cerrar los ojos y sentí un pinchazo en el brazo. No recuerdo más de aquella noche.
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22 Febrero 2007
En esta planta, la gente habla más. En la quinta, la alimentación se compone básicamente de calmantes, de modo que nadie tiene muchas fuerzas para soltar la lengua. Aquí al menos a algunos nos dejan pensar.
No conozco a nadie todavía, y debo reconocer que desearía que un incendio acabara con todos, e incluso conmigo, porque nada ni nadie me importa en este momento.
Hoy he hablado con Brunito. Es un mulato de 20 años con una gran cicatriz que le atraviesa la cara y la divide en dos, como la de una luna marrón con ojos vidriosos. Dice que su padre es un importante santero en Cuba, que su hermana es modelo en Hong Kong y que su abuela fue bailarina de ballet en un país que ni recuerda, "de lo lejos que está".
Dice nombres de santos que nunca había oído, pronunca extrañas palabras y reza en silencio. Lleva conchas en un bolsillo y dice que sabe cuáles son las plantas que curan la locura, "así que te preocupes, muchachita, que nos pondremos buenos en cuanto yo pueda salir al jardín".
Me ha contado que en Cuba utilizan una planta llamada maravilla para cerrar los ojos de los muertos cuando "al difunto no le ha dado tiempo a hacerlo en vida". Me ha dicho que los ojos del cadáver se van cerrando poco a poco, de forma suave y lenta, y que así puede "pasar tranquilo y descansado al otro lado".
Y yo yo quiero tener esa planta.
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22 Febrero 2007
La esperanza se ha situado frente a mí, se ha arrancado las venas en silencio y se ha muerto ante mis ojos al menos quince veces. Me he tragado sus cenizas, las he vomitado de rabia y de dolor y he pisoteado los relojes para que su tic-tac deje de insultarme a gritos. Todo lo de antes parece ahora un espejismo mal dibujado, un error en color sepia, un sueño de fiebre y alcohol de quemar.
Prefiero no saber cuánto tiempo ha pasado desde que me ofrecieron la libertad en una bandejita de palitos de bambú y después me la arrancaron sin bisturí y sin piedad. Prefiero no recordar, por ahora.
He vuelto al odioso agujero de baldosines verdes. Otro agujero nuevo, otra cárcel mental dirigida por monstruos con zuecos. ¿Cuánto llevo aquí? Lo oigo decir muchas veces, pero no lo escucho. Mi mente vuela lejos cuando los datos son demasiado reales, demasiado víricos, cargados de cadenas y con las cuencas de los ojos vacías e infinitas.
Todo ha sido una vuelta atrás. Un retroceso sin piedad. Prefiero no recordar la planta de aislamiento, los gritos que se escuchan a través de las paredes acolchadas, el dolor con el que las hebillas de la camisa se clavan en el alma y la dignidad, la precisión con la que un enfermero alto que huele a sudor amargo me sujeta a la cama... No quiero recuerdos, tampoco, de los buenos, de los que huelen a aire limpio y a vida: sólo quiero que el tiempo pase mientras yo me quedo sentada.
He conseguido mi estrategia anterior, la que logré en el centro del que pude salir. Al parecer, han contactado con éste último, donde les han dicho que, en efecto, escribir era la mejor terapia para mí. Ahora he recuperado mi otro blog, el de mariposas de colores y perritos de peluche que dicen "Hoy es un gran día, ¿no te habías dado cuenta?" y vuelvo a escribir los dos al mismo tiempo. Éste, por supuesto, es mi secreto. Porque podrán quitarme todo, desnudarme y desinfectarme con Zotal, pero no podrán poner barreras a mi mente ni a mi literatura.
Tengo que seguir con el otro blog patético. Me queda poco tiempo aquí, en la sala de ordenadores.
Vienen. Se acercan.
Me siento como una rata de laboratorio a la que alguien le ha implantado una oreja de plástico. Odio que observen mi mutación inexistente.
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13 Marzo 2006
Una extraña fuerza nos llevó a sentarnos formando un triángulo y los tres comenzamos a masturbarnos mientras nos observábamos. De vez en cuando, mi mirada buscaba la de Mat, buscaba que sus ojos me dijeran "lo estás haciendo bien". Los tres comenzamos gemir. Mat estuvo unos minutos observando al chico rubio, que había cerrado los ojos y dejaba caer su cabeza hacia atrás. Después, volvió a observarme a mí y se quedó mirándome los pechos. Se levantó, se acercó a mí y señalando el butacón azul claro, me dijo:
-Siéntate aquí.
Lo hice. Él me tomó por los hombros y me colocó de perfil al chico rubio que, ahora, nos miraba y se acariciaba más lentamente. Mat comenzó a acariciar mis pezones con su glande. Estaba ardiendo.
-Córrete para nosotros, cariño.
Me dejé llevar otra vez más. De nuevo el placer fue desorbitado y no pude contener un grito profundo y sin riendas. Mantuve los ojos cerrados unos instantes y, mientras, pude escuchar los gemidos de Mat. El chico rubio respiraba con fuerza. Abrí los ojos. Ambos se estaban mirando, frente a frente. El chico rubio cerró los ojos con fuerza y comenzó a masturbarse más rápidamente. Mat se dejó caer a mi lado y siguió masturbándose, cada vez con más rapidez. Comencé a morder uno de sus pezones y, casi al instante, su boca se abrió y su orgasmo fue inevitable. Instantes después, el chico rubio se derramaba en la bañera circular.
Miré el rostro sudado de Mat: el cabello oscuro le caía sobre la frente en forma de mechones desordenados. Respiraba con profundidad. Le besé el cuello y volví a sentir su olor. De nuevo, me entraron unas inmensas ganas de jugar a todo lo que él ordenara.
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