De nuevo aquí (se supone que mirando la prensa online). Hoy también he visitado el jardín, aunque con mejor suerte. He paseado sola durante un rato y me he topado con la nueva, la anoréxica, por uno de los caminitos empedrados. Nos hemos parado a hablar:

- Me han dicho que también eres nueva -ha comentado ella.
- Sí, se podría decir que sí -le he respondido.
- ¿Cuánto te queda?
- Poco, cada vez menos [a los desconocidos no les doy detalles que puedan recordar después].
- El jardín está bien... -ha dicho ella, para romper la tensión y el hielo.
- Sí, es grande.
- Bueno, yo soy Princesa -me ha dicho, y ha extendido su mano, nerviosa.

Su mano, desde luego, ha sido su mejor carta de presentación. Si yo no hubiera tenido claro por qué estaba aquí, lo habría sabido de inmediato: las uñas tremendamente cortas, la muñeca y los dedos de hueso tapizado en piel devastada por los ácidos gástricos... Después ha sonreído con sus dientes oscuros. Tendrá unos 30 años. Ya no es ninguna niña para jugar a ser muñeca, pero se aferra a su idea de ser “Princesa”.

- Bonito nombre de guerra -le he dicho, sosteniendo su esquelética mano entre las mías.
- Gracias, ya tiene muchos años.
- ¿Rebotada de muchos sitios?
- Pues sí, ya ves... Ya sólo parece que me faltaba probar esto...

Princesa no me dio buena impresión cuando llegó ayer por la noche, pero hoy me ha hecho sentir un poco menos sola en este infierno. Quise ponerla a prueba, saber si me podía seguir el juego:

- ¿Ana o Mía? -le he preguntado.
- Ana, sólo y siempre Ana. Quiero escribir un libro, ¿sabes? Antes de que sea tarde, tengo que escribir esto... -me ha confesado, sonriente.

Princesa ha sido un pequeño destello entre tantas tinieblas. Sólo espero que no se vaya entera, toda ella, por la taza del báter, igual que Yenni.

Después nos hemos despedido y cada una ha seguido paseando en soledad. Los demás nos miraban. Siempre miran.

Ellos son los locos.