«La equis es una letra imbécil, sólo hay que ver cómo se pronuncia»
Comencé tachando los días del calendario con una equis verde. Se suponía que el color de la esperanza iba a ayudarme en algo, pero pronto el tópico me sonó sólo a eso, a tópico manido, inútil y caduco. Pasé después al negro y pronto sustituí las equis por un cuadrado de oscuridad. «La equis es una letra imbécil, sólo hay que ver cómo se pronuncia», solía decirme siempre Gong. Por eso comencé a llenar el calendario de superficies de rotulador negro brillante, cuadrados y rectángulos que de verdad sellan los días, que ocultan los números y que alientan el camino de la cuenta atrás.
Al principio cubría con la tinta permanente negra cada día que pasaba, cada número que me acercaba al final de esta broma macabra. Después fui dejando pasar las semanas y ahora sólo me da fuerza tachar largas filas de días absurdos. Mis meses son borrones negros, formas cuadrangulares de oscuridad neta y densa. Y es así como quiero que permanezcan estas horas. Es así como quiero que el negro espeso se lo trague todo. No habrá gomas de borrar para estos días. No habrá corrector. Simplemente, no hará falta eliminar el color negro que los entierra porque este se los tragará sin billete de vuelta.
Algún día compraré una mecedora, una lámpara de papel y tantas velas como quepan en mi bolso. Ese mismo día quemaré todos los calendarios de los días pasados. Ese día saldré de aquí, triunfante.
Ellos son los locos.

