Hoy habrá un pequeño espectáculo de cuentacuentos para los de la planta baja. Dudo que se enteren de mucho, pero al menos verán colores. Al menos sus pupilas dejarán de anclarse en el odioso blanco y en el estúpido verde. Nos han dicho que podemos bajar si nos apetece. Me gustan algunos cuentos. De pequeña me gustaba leer uno sobre un príncipe al que le salían pies de pato y cola de avestruz. Lo había escrito mi hermana Carla. También ella había hecho los dibujos. Aquel fue mi mejor regalo.

A Princesa, en cambio, no le gustan los libros. Cuando era una niña solía leer una y otra vez el gato con botas. Nunca le compraron ningún otro cuento. Ella lo leía por obligación, siempre en voz alta, de pie, en el centro del inmenso comedor. Su padre golpeaba sus rodillas con un palito fino si Princesa se equivocaba al leer. Terminó aprendiéndose cada palabra del relato, cada signo de puntuación. Consiguió repetirlo una y otra vez sin leerlo en el papel y haciéndolo sólo en su memoria. Aquel fue su único libro durante la infancia.

En la adolescencia, la cosa cambió. Sus padres le regalaron un grueso volumen sobre doctrina católica en el que se indicaba qué cosas debía hacer una chica cristiana y cuáles no. En libro decía que si una niña católica observaba su cuerpo desnudo en un espejo más de cuatro veces, iría directa al horno crematorio del Infierno.

Princesa estuvo mucho tiempo sin mirarse en el espejo tras salir de la ducha. Ahora tampoco lo hace, es cierto y, cuando se le escapa una mirada furtiva, ve "una ballena, una vaca patética, una tonelada de grasa con ojos". Princesa pesaba esta mañana 42 kilos.