Jojoba abre su piel para ver dentro
Jojoba tiene 24 años y los brazos, las muñecas y las manos llenas de cicatrices. Ha pasado parte de su niñez y toda su adolescencia haciéndose daño a sí misma, a su cuerpo, abriendo su piel para ver qué había debajo y para, de alguna manera, sentirse viva o, simplemente, sentir. Jojoba es altísima y lleva el pelo muy largo, liso y oscuro. Durante mucho tiempo logró ocultar sus heridas, a través de las que pudo ver su carne desgarrada. Cuchillas, navajas de afietar, cristales, punzones, cuchillos de cocina, tijeras y, especialmente, el material quirúrjico que conseguía sacar a escondidas de la clínica para mascotas de unos amigos de sus padres, fueron durante años los testigos callados, brillantes y afilados de su músculo al descubierto, de su piel rota y de sus toallas empapadas en sangre. Jojoba no habla del tema. Para eso ya están sus brazos y los costurones con que los médicos tuvieron que cerrar algunas de las aperturas de su cuerpo de niña en busca de algo que sentir.
En cambio, Jojoba sí habla de Reinaldo, quien supuestamente es, ha sido siempre y será «el hombre de mi vida, mi amor verdadero, mi razón de ser», según ella. Se conocieron hace pocos años y, pese a que él le dobla la edad y está casado con alguien que –oh, casualidad–, no es ella, comenzaron una relación sentimental secreta, tortuosa y sin frenos. Pero compaginar sus dos vidas paralelas comenzó a hacerse demasiado difícil para Reinaldo después de un tiempo, por lo que comenzó a prescindir de Jojoba sin dar explicaciones. Si el sentimiento que ella tenía hacia él era ya del todo obsesivo, este cambio lo convirtió en crónico y demoledor.
En los «buenos tiempos», era habitual que Jojoba pasara horas llorando si, durante un solo día, él no había contactado con ella telefónicamente. Cuando su llamada faltaba, Jojoba elaboraba una lista mental de posibles catástrofes sin solución que podían haber sido la causa de esta ausencia. Jojoba vivía todas y cada de estas catástrofes irreversibles en su mente y sólo deseaba morir y dejar de sufrir para siempre. Y era entonces cuando se cortaba los brazos y se atravesaba la carne con alfileres y portaminas. Podía pasar en este estado de llanto ininterrumpido y autotortura muchas horas. Sólo el sonido del teléfono seguido de la voz lejana de Reinaldo podía devolverle la felicidad que se diluía mezclada con su sangre vertida.
Tantos ataques de ansiedad incontrolada, tantas visitas al servicio de urgencias del hospital y tantos episodios de gritos y alaridos comenzaron a convertirse para Reinaldo en una verdadera tortura y por fin tomó conciencia de que la vida con su esposa, cuya única preocupación era la de broncearse en la terraza hasta convertir su piel en un pergamino negro, era mucho más sencilla. Así que, sin más, borró para siempre a Jojoba de su agenda telefónica, de su corazón y de su recuerdo.
Tras la desaparición hasta hoy definitiva del supuesto y único amor de su vida, la exisitencia se convirtió para Jojoba en la mayor de las agonías, lo que hizo que, en unos meses, fueran los fármacos los mejores -y únicos- sustitutos de Reinaldo.
- Cuando me di cuenta de que me había dejado, de que no volvería, de que la prefería a ella, me arranqué este trozo de carne y lo tiré al váter -me explicó ayer, mientras me mostraba una enorme cicatriz triangular en su antebrazo izquierdo. Era la marca más grande de todas. Parecía un inmenso desierto brillante y pulido de límites angulosos en medio de la corteza terrestre llena de entrantes y salientes que es su piel.
- Qué dolor, no me lo puedo ni imaginar... -intervino Princesa, sin poder contener sus palabras. Yo permanecía en silencio.
- ¿Dolor? No, no duele. Su marcha es lo único que me causa dolor. Su abandono sí que derramó toda mi sangre. Pero tirar de la cadena no duele, créeme.
Princesa y Jojoba parecen haber congeniado bien. Resulta curioso verlas pasear por el jardín: mientras que la primera viste como una niña de quince años amante del rosa y la purpurina, la otra recorre el empedrado del caminito que lleva hasta el estanque con chaqueta de manga larga, una falda hasta los tobillos y envuelta en oscuridad y olor a vainilla.
- Antes solía vestir con colores chillones, sobre todo amarillo y naranja. Esos colores tienen que oler a vainilla, necesariamente. Cada color de ropa ha de tener una colonia con la que combine -explicó Jojoba.
- ¿Ya no usas esos colores? -le pregunté.
- No, ahora necesito oscuridad. Ya sé que la oscuridad no huele a vainilla, pero huele a Reinaldo. A él le gustaba. Nuestra cama olía así.

Quizá esta tarde retomemos más conversaciones de vainilla y falda larga en el jardín, y quizá sobre Reinaldo, aunque sin Reinaldo.


Adriana dijo
Muy bueno. Recuerdos a Princesa y a Jojoba y al narrador.
¿Cómo está Jojoba ahora?
4 Agosto 2005 | 09:05 PM