Fue hace demasiado tiempo, cuando yo calzaba zapatos de charol con una hebilla al lado y llevaba un lazo alrededor de la cintura del vestido bordado. El lazo, de raso impoluto, colgaba en forma de largo lazo por detrás de mí y, en ocasiones, lo pisaba mientras corría por el parque de charcos y barro, de manera que la lazada se deshacia y el raso quedaba perturbado de barro cuarteado y áspero.
Recuerdo que la pequeña coleta, recogida a un lado con una goma en forma de flor cuyos pétalos eran bolitas, me apretaba siempre al salir de casa. Después, cuando la goma se iba aflojando y el pelo comenzaba a ganar la batalla por volver a una posición más natural, el dolor tirante y ácido comenzaba a remitir.
Fue en uno de esos días de vestido, brillo negro en los zapatos ajustados y coleta dolorosa desgarrando mi sien, cuando Margarita quiso invitarme a su fiesta de cumpleaños. Margarita tenía una habitación llena de juguetes, un caballito pequeño (de los de verdad) llamado Nicanor y una señora con cofia y delantal de rayas que abría la puerta a todo el que había sido invitado a aquella mansión blanca con enormes plantas a la entrada. El hecho es que Margarita era cinco años menor que yo, característica que cumplían todos los demás invitados a la celebración, salvo yo misma.
Las madres me miraban con sonrisa compasiva y con un cinismo punzante que me hacía sentir como el mono de una feria a la que no entendía por qué me habían invitado. El resto de los niños parecían enanitos de jardín a mi lado y supongo que yo debía de parecer una madre en miniatura rodeada de su criaturas devoradoras de patatas fritas y burbujas de naranja sin hielo.
Cuando comenzaron los juegos por pareja, conseguí escabullirme hacia el servicio y, una vez allí, me di cuenta de que tenía que huir. El problema era que nadie iba a venir a buscarme hasta que el reloj no marcase la hora acordada para poner fin a la fiesta, de manera que tenía que hacer algo por mí misma.
Salí del servicio y miré a ambos lados del largo pasillo. Vi como la señora con cofia atravesaba la gran puerta de la habitación en la que los juegos estaban a punto de comenzar. Al otro lado del pasillo no había nadie. Me levanté el vestido y, de puntillas, con el lazo probablemente a rastras, comencé a recorrer el corredor. Vi muchas puertas, muchas plantas con y sin flores y muchas cosas que parecían de otra época. Al oír un ruido similar al de unos pasos, abrí la primera puerta que se colocó cerca de mis dedos pequeños.
Había una mesa de madera muy gruesa, con las patas en forma de trenza de cuatro cabos y con una lámpara de varios tonos verdes encima del tablero. Era la única -aunque suficiente- luz de la habitación. Y justo allí, frente a mí y de espaldas a la silla tapizada en verde oliva que completaba el juego de mobiliario para escritorio, estaba el cuadro:

Lo miré durante varias horas. De fondo se escucha el griterío de los niños enanos de jardín y, de cuando en cuando, la regañina de alguna de las madres. Recuerdo con cuánta fuerza quise aquella vez meterme dentro del cuadro. Sólo quería huir, desaparecer, desvanecerme y borrarme de aquella casa con columnas. Quería sentarme en un banco de madera y ver trabajar a aquellos hombres; esperar a que su labor estuviera más avanzada para que alguno de ellos se sentara a compartir conmigo un trozo de queso y, a escondidas, un trago de vino frío. Quería dejar volar el lazo del vestido y los odiosos zapatos de piedra deslumbrante a través del balcón de puertas blancas que se veía al fondo. Y quería, sobre todo, sentarme en el suelo, con el vestido levantado hasta las rodillas y las piernas abiertas, para jugar con las virutas que saltaban del suelo y hacer montoncitos y flores con pétalos de madera.
Cuando el reloj oscuro, del que colgaba un gran péndulo dorado, anunció la hora esperada, salí de aquel despacho y corrí hacia la puerta de salida. Nadie preguntó nada. Nadie se dio cuenta de que no había estado allí. Nadie se dio cuenta de que necesitaba hacer flores con pétalos de madera. Nadie. Tampoco ellos tres.