El «adiós» a Princesa no sólo ha derrumbado mi interior y lo ha pisado con saña y con tacones de aguja ensangrentados. No soy la única que se deja llevar hasta el final de una espiral desconocida. Jojoba se ha rajado las muñecas. No sé dónde está ahora, pero tengo la impresión de que no va a volver. Supongo que aún queda un lugar para ella en la clínica desde la que llegó aquí hace unos meses.
En cuanto a mí, sólo quiero estar sola y leer a Mervyn Peake. No tengo demasiada fuerza para seguir escribiendo esto. Pero supongo que algún día me lo agradeceré a mí misma. Quizá en un futuro tenga que leerlo para saber que fue cierto, que seguí adelante, que lo viví todo. Que viví. Que sobreviví, quizá.
Lo peor es que tengo que mantener también mi otra página personal, la oficial, y eso sí que me repatea. Estoy harta de buscar imágenes de mariposas y pompas de jabón. Estoy cansada de esa máscara. He creado unas facciones tan reales que nadie ve la goma que sujeta la careta.
No salgo al jardín porque el gris de las nubes de los últimos días ya no tiene purpurina sin Princesa. No toco la guitarra porque ya no suena la risa de Princesa tras «la vi en una portada de revista / digamos que fue por casualidad...», de Delgadillo.
Sabía que se iría. Sabía que me iba a doler. Sabía que el final sería más fuerte de lo que yo misma preveía. Pero no sabía que sería más fuerte que yo.
No puedo escribir. Sólo doy forma a incoherencias.
Que pase el tiempo, por favor. Suplico al reloj que tenga prisa, por una vez, y que cada recorrido de sus agujas sea un barrido rápido en mi memoria.