Me encantaría hacer planes de futuro. Crear un puzle con las letras que forman la palabra «mañana» y seguir adelante sin medir los pasos que me han traído a esta cárcel injusta. Pero no puedo. Me he quedado agarrotada y, con cada respiración, siento que el hielo que me rodea aumenta. Me resulta tremendamente difícil pensar en mañana. Pensar el salir. En estar fuera. Incluso me cuesta escribirlo, porque me parece absurdo. Me siento estúpida, engañada, perdida, oculta bajo una tonelada de troncos llenos de moho sobre los que no cesan de saltar pesadas alimañas. Esos son mis días.
Tan sólo he tenido un atisbo con forma de futuro. Ha sido una luz fugaz que apenas ha dejado rastro entre las sombras. Me ha soplado en la oreja y se ha ido sin dar explicaciones. Pero ha dejado una nota sin interrogaciones y ahora sé que venderé mi casa cuando vuelva al mundo. Quizá me traslade a México. Quizá comience allí a escribir el libro de Princesa. Quizá allí aprenda a echarla de menos sin que duela. Quizá allí sepa qué recordar y qué lanzar al túnel del olvido.