He estado pensando toda la noche. Debo de haber dormido unas dos horas. Me duele todo. Por dentro y por fuera, por supuesto. Por fin me atrevo a reconocer -y a escribir- que cometí un error. Fue una equivocación que vi venir desde el principio. Pero me dejé llevar... ¿cómo no hacerlo? Nunca debí haber hecho un hueco en mi vida para Princesa. ¿Qué voy a hacer ahora sin ella? A penas reconozco a la persona que soy después de ella. Ni siquiera comprendo cómo puedo decirme esto a mí misma. Por favor, que pase el tiempo. Por favor, que el tic-tac deje sordos los tímpanos de mi memoria para que todo esto quede atrás, diminuto, desfigurado, indescifrable...
Hoy sé que ella lo tenía todo planeado. En las últimas semanas estaba cogiendo peso y no parecía afectada por eso. Todos, incluso yo, fuimos tan ingenuos como para pensar que su anorexia comenzaba a ser historia. Qué estúpidos. Qué imbéciles a su lado. Ella sabía que era el fin. Había luchado contra el sistema y el sistema había vencido. Comenzar a ganar peso no era si no una forma de empezar a decir adiós, a rendirse, a dejarse llevar hasta un fondo sin regreso.
Esta mañana he recibido un paquete. Era un sobre marrón donde ponía mi nombre con letra muy redonda en la que los puntos de las íes eran circulitos perfectos. En el remite sólo había una palabra, escrita en fucsia: «Princesa». Haciendo cálculos he deducido que debió enviarlo unos cinco días antes de desgarrar su hilo de vida. Supongo que llegó a algún acuerdo con alguien de fuera para que reenviara el paquete unas seis semanas después.
Dentro del sobre había una nota manuscrita por ella. Me temblaban las manos y los labios mientras lo abría. La imbécil con bata blanca y zuecos relucientes que me ha dado el paquete esta mañana se ha quedado mirándome como cuando se le cae la baba mientras ve el culebrón de turno por las tardes, en la sala de la televisión. He vuelto a entrar en mi habitación y he cerrado la puerta sin decir nada. Me he sentado en la cama y he desdoblado el folio, repleto de corazoncitos hechos por Princesa con aquel juego de bolígrafos de tinta brillante que tanto le gustaba. He podido leer:
«Yo también te echaré de menos y te llevaré siempre conmigo. No sé a dónde voy pero, por favor, no sientas nunca lástima. (...) Fui feliz aunque muchos no lo entiendan. La vida es sufrimiento y todos tenemos nuestra parte, pero yo no he tenido ni más ni menos que cualquiera. Fui más feliz con 25 kilos, es verdad, y fui inmensamente feliz abrazando mi anorexia cada día. Fue mi forma de vida, yo la elegí. Fue mi iniciativa y, sin ella, por ejemplo, nunca te habría encontrado. (...) Sólo te pido que me recuerdes. Lo escrito siempre estará escrito. Hasta siempre, nena de cerebro privilegiado. Te quiero, chica triste. Princesa».
Junto con la nota, en el sobre, había un libro con las tapas blancas y las páginas en blanco. Esa es su historia. La historia de Princesa. La que nunca escribió. Perol as palabras que la forman están en mi memoria, grabadas con el timbre de su voz y adornadas con los gestos de sus manos delgadísimas. Ahora tengo un libro en blanco junto a mi cama y una explicación rodeada de corazones de vivos colores. Tengo todo eso, pero ella no está.

Vuelvo a estar sola, pero no olvido.