Una extraña fuerza nos llevó a sentarnos formando un triángulo y los tres comenzamos a masturbarnos mientras nos observábamos. De vez en cuando, mi mirada buscaba la de Mat, buscaba que sus ojos me dijeran "lo estás haciendo bien". Los tres comenzamos gemir. Mat estuvo unos minutos observando al chico rubio, que había cerrado los ojos y dejaba caer su cabeza hacia atrás. Después, volvió a observarme a mí y se quedó mirándome los pechos. Se levantó, se acercó a mí y señalando el butacón azul claro, me dijo:
-Siéntate aquí.
Lo hice. Él me tomó por los hombros y me colocó de perfil al chico rubio que, ahora, nos miraba y se acariciaba más lentamente. Mat comenzó a acariciar mis pezones con su glande. Estaba ardiendo.
-Córrete para nosotros, cariño.
Me dejé llevar otra vez más. De nuevo el placer fue desorbitado y no pude contener un grito profundo y sin riendas. Mantuve los ojos cerrados unos instantes y, mientras, pude escuchar los gemidos de Mat. El chico rubio respiraba con fuerza. Abrí los ojos. Ambos se estaban mirando, frente a frente. El chico rubio cerró los ojos con fuerza y comenzó a masturbarse más rápidamente. Mat se dejó caer a mi lado y siguió masturbándose, cada vez con más rapidez. Comencé a morder uno de sus pezones y, casi al instante, su boca se abrió y su orgasmo fue inevitable. Instantes después, el chico rubio se derramaba en la bañera circular.
Miré el rostro sudado de Mat: el cabello oscuro le caía sobre la frente en forma de mechones desordenados. Respiraba con profundidad. Le besé el cuello y volví a sentir su olor. De nuevo, me entraron unas inmensas ganas de jugar a todo lo que él ordenara.