En esta planta, la gente habla más. En la quinta, la alimentación se compone básicamente de calmantes, de modo que nadie tiene muchas fuerzas para soltar la lengua. Aquí al menos a algunos nos dejan pensar.
No conozco a nadie todavía, y debo reconocer que desearía que un incendio acabara con todos, e incluso conmigo, porque nada ni nadie me importa en este momento.
Hoy he hablado con Brunito. Es un mulato de 20 años con una gran cicatriz que le atraviesa la cara y la divide en dos, como la de una luna marrón con ojos vidriosos. Dice que su padre es un importante santero en Cuba, que su hermana es modelo en Hong Kong y que su abuela fue bailarina de ballet en un país que ni recuerda, "de lo lejos que está".
Dice nombres de santos que nunca había oído, pronunca extrañas palabras y reza en silencio. Lleva conchas en un bolsillo y dice que sabe cuáles son las plantas que curan la locura, "así que te preocupes, muchachita, que nos pondremos buenos en cuanto yo pueda salir al jardín".
Me ha contado que en Cuba utilizan una planta llamada maravilla para cerrar los ojos de los muertos cuando "al difunto no le ha dado tiempo a hacerlo en vida". Me ha dicho que los ojos del cadáver se van cerrando poco a poco, de forma suave y lenta, y que así puede "pasar tranquilo y descansado al otro lado".
Y yo yo quiero tener esa planta.
Ellos son los locos.


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