Brunito ha venido a darme los buenos días esta mañana en el comedor. "Ya he desayunado, porque me gusta levantarme muy temprano, pero te acompaño", me ha dicho. No he tenido fuerzas para decirle que prefería estar sola. Su presencia me produce un sentimiento muy contradictorio: por un lado, el blanco oscuro de sus ojos dibujados de finas venitas granates me repele y, por otro, la nube imaginaria en la que parece viajar y su forma de perder la mirada, tan infantil, me causa ternura. Me ha hablado bajito de ritos y santeros, de hierbas milagrosas, de gallinas, cocos, collares, caracolas, chozas... Luego ha pasado a hablar sobre edificios de cristal, mazorcas de maíz asadas en la calle y ejecutivos que engañan a sus mujeres "porque nunca las han querido y nunca sabrán cómo es querer a alguien". Ha continuado divagando, mezclando ideas y, mientras, mi mente ha escapado.

He recordado un sueño. Una de las noches que pasé en el cuarto de aislamiento soñe algo que no había rememorado hasta esta mañana. Soñé que tenía planeado acudir a una matadero de reses para someterme a un proceso extraño, horrible, sangriento. Los clientes del matadero acudían allí para que sacrificaran a sus animales y, mediante un rápido proceso, convirtieran a las vacas, ovejas y cerdos en filetes, chuletas y demás piezas de carne listas para saltar a la sartén o a la vitrina de la mejor carnicería.

Y yo también quería pasar por aquel proceso. De hecho, ya tenía reservada una fecha y una hora. Supuestamente, mediante su avanzada maquinaria, transformarían en chuletas y bistecs todas aquellas partes de mi cuerpo sobrantes, impuras o inncesarias. Yo misma podría comerlas después, debidamente cocinadas y condimentadas. Sería una especie de operación quirúrgica liberalizadora, rápida y sin anestesia. Después vendría una lenta recuperación para que las heridas se fueran cerrando y mi cuerpo recuperase su estado de perfección.

En el sueño, de repente, un rayo de lucidez me hacía darme cuenta de lo que allí me iban a hacer y me preguntaba cómo había sido capaz de plantearme aquella posibilidad como válida. El pánico comenzaba a invadirme y pedía ayuda a quienes alguna vez fueron mis amigos. Ellos me miraban, incrédulos y sin comprender por qué resultaba tan importante para mí anular aquella cita sangrienta. Recuerdo que les decía una y otra vez "no puedo acudir, no puedo, es una locura", y ellos respondían con algún que otro desanimado e indiferente "y eso, ¿por qué?", y miraban hacia otro lado o buscaban otra conversación más coherente para sus cerebros.

Recuerdo que cuando desperté estaba sujeta a la cama con correas. El enfermero que olía a sudor amargo acababa de entrar en la habitación. Volví a cerrar los ojos y sentí un pinchazo en el brazo. No recuerdo más de aquella noche.

Ellos son los locos.