Brunito ha venido a buscarme a la sala de lectura. Se ha sentado a mi lado sin decir nada, mirando hacia el frente, como si yo no estuviera. Con su forma de coger aire, me ha dicho lo que después no se ha atrevido a pronunciar: sólo quiero reconciliarme, pedirte perdón por mi desplante de esta mañana (de hecho, estoy segura de que, de haberme pedido disculpas, se habría referido a su actitud precisamente con esa palabra, "desplante"). Despúes ha soltado el aire muy despacito. Olía a espuma de afeitar y apretaba los puños con un ligero nerviosismo.

–¿Tú sabes cómo funciona esto? –me ha susurado, por fin, mirándome fíjamente a los ojos.

–¿Esto? ¿Qué es esto? –le he dicho, en tono neutro.

Quería saber cómo funciona la biblioteca –la limitada biblioteca– para buscar un libro.

–¿De quién?
–Del poeta cubano más superior y más grande. ¿A que no sabes quién? –me ha espetado, inquisitivo.

Le he mirado con desgana. No hay nada nuevo que quiera saber ni nada que desee recordar. Sólo quiero que el tiempo pase; ya ni siquiera veo una salida a todo esto. Sólo quiero permanecer impasible mientras el mundo gira, explota o cambiar de rumbo: ¿qué importa?

Brunito ha dejado de ser Brunito y se ha convertido, de pronto, en un Bruno con diez años más sobre su espalda morena.

–Cuando tu mirada se pierde, ¿dónde queda tu niña? –ha pronunciado, seria y lentamente, como si buscara las palabras más exactas.

–¿Niña?

–Sí, la niña que tú fuiste, ¿dónde está? ¿Qué ha pasado con ella? ¿A dónde escapa cuando se te vacían los ojos de esa forma?

Bruno me miraba con rostro de adulto. He abierto la boca para responder sin siquiera saber qué palabras iba a pronunciar. Una voluntaria con jersey de arcoiris y rastas moradas ha colocado su cara ante nuestro silencio.

–Hola, me llamo Clara, ¿sois nuevos en la «biblio»? ¿Sabéis cómo va?

Me he tragado mis palabras de aire vacío y he mirado al suelo.

–Busco un libro –la voz de Brunito ha vuelto a sonar infantil de nuevo.

–¡Ey, eso es genial! –ha dicho Clara.

–Nicolás Guillén, ¿te suena? –ha pronunciado Brunito, subiendo el tono de voz.

La voluntaria le ha hecho gestos para que mantuviera el tono de susurro y los dos han desaparecido tras las estanterías situadas a mi espalda.

Al rato, he visto cómo Brunito pedía a Clara que sacara una fotocopia de un libro marrón. Luego, ha buscado un bolígrafo dentro del bolsillo de la camisa, ha escrito algo, y ha vuelto hacia mí.

–Voy a dormir un rato, estoy cansado –me ha dicho, en voz bajita.

Ha desaparecido y ha dejado a mi lado un folio con un poema de Nicolás Guillén sobre cuyo título se podía leer, con letra manuscrita: «Que tu niña nunca muera o la echaré de menos».

LA TARDE PIDIENDO AMOR

La tarde pidiendo amor.
Aire frío, cielo gris.
Muerto sol.
La tarde pidiendo amor.

Pienso en sus ojos cerrados,
la tarde pidiendo amor,
y en sus rodillas sin sangre,
la tarde pidiendo amor,
y en sus manos de uñas verdes,
y en su frente sin color,
y en su garganta sellada. . .
La tarde pidiendo amor,
la tarde pidiendo amor,
la tarde pidiendo amor.

No.
No, que me sigue los pasos,
no;
que me habló, que me saluda,
no;
que miro pasar su entierro,
no;
que me sonríe, tendida,
tendida, suave y tendida,
sobre la tierra, tendida,
muerta de una vez, tendida. . .
No.

(Nicolás Guillén)