Una paciente de la planta de aislamiento se ha quedado embarazada. ¿Cómo? Nadie lo sabe. Se baraja la posibilidad de que el óvulo estuviera ya fecundado antes de su ingreso en el horrible agujero. Esa es, al menos, la posibilidad que las malditas batas blancas quieren que se vaya convirtiendo, poco a poco, en oficial, incluso antes de que ellos lo confirmen. Entre quienes viven entre estas rejas, las versiones son variadas.

La noticia ha corrido por los pasillos atestados de desinfectante con la misma velocidad con la que los tranquilizantes nos inundan la sangre cuando la aguja de frío abrasador nos perfora una vez más la misma vena. Brunito ha sido el primero en hablarme del asunto, y también el primero en ofrecer una solución, según él, "tajante, natural y mejor, imposible". Me ha contado que su padre, ese gran santero cubano de nombre para mí aún impronunciable, "cura las barrigas que son de accidente" –es decir, los embarazos no deseados– con una infusión –un "cocimiento", ha dicho exactamente– de la raíz de la planta de algodón. "Nunca hablas, me miras como si fuera idiota" –me ha dicho, después. Se ha levantado y ha desaparecido.

La vida aquí, en algún punto de este inmenso edificio asfixiante, quiere emerger. Vida podrida, vida purulenta, vida sedada.

Pienso en la habitación de aislamiento y recuerdo el olor amargo del sudor de aquel enfermero. El pánico me retuerce el intestino y una arcada bombea desde mi corazón. Aunque sea sólo repugnancia, hoy, en mucho tiempo, vuelvo a sentir.

Ellos son los locos.