Ha llegado una caja de libros nueva a la biblioteca. Es una donación de un particular que no quiere facilitar su identidad, pero que asegura "estar muy sensibilizado con las personas que sufren problemas de salud mental, ya que he vivido de cerca este problema hasta hace a penas unos meses". Nadie firma la nota que acompaña la caja ni tampoco hay remite. Debe de haber al menos unos 50 libros, y todos parecen encontrarse en buen estado.

La voluntaria con rastas color lila nos ha dado la noticia, ha sonreído con la boca abierta hasta dejar ver el piercing rosa chichle de su lengua y, después, ha dicho:

–Ahora le pasaré todo esto a la responsable de área para que decida cuáles son adecuados y cuáles no y... en un par de días... ¡libros nuevos para todos!

Nos trata como si todo esto fuera una parodia. De hecho, incluso a veces pienso que es así. El fallo es que yo no he elegido representar a este sórdido personaje. Alguien me cambió el guión en el último momento y, por más que intento retomar el mío, el real, no lo consigo. Siempre hay una alcantarilla bajo mis pies dispuesta a absorver mi alma, a sujetar con anzuelos cada una de mis venas, a arrancarme los latidos y la esperanza...

Brunito me observaba mientras yo miraba al suelo.

–¿Qué quieres? -le he dicho, con voz baja y cansada.

Después he intentado sonreírle, pero me ha sido imposible.

–Quiero ser Bruno -ha dicho, con voz temblorosa.

–Ya eres Bruno.

-Sí, pero... soy Brunito, no Bruno. Quiero ser Bruno y quiero serlo siempre. Quiero...

La voluntaria nos ha mandado salir porque "aquí se viene a leer, chicos, no a cuchichear... ¡gracias!".

Hemos salido al pasillo y hemos seguido hablando.

-No sé a qué te refieres -le he confesado.

-No quiero ser dos, no puedo más... Quiero ser un hombre... -su voz sonaba más grave, su mirada era más profunda y su forma de moverse era más lenta- Quiero... quiero caminar como un hombre, amar como un hombre, salir de aquí y vivir... No puedo más...

Se ha derrumbado en el suelo y, de rodillas, ha seguido llorando. Dos batas blancas lo han levantado y medio arrastrado hasta llevarlo detrás de una puerta verde.

-Pobre, no sabe ni lo que quiere -ha dicho una voz con sonido de madera a mi espalda.

Era la anciana delgada, la "ratita" de la obesa multicolor. Su presencia y aún más su frase me han sobresaltado. La he mirado fijamente, interrogativa, pero sin hablar.

-¿Cuántos años dices que tiene ese muchacho negro? -me ha preguntado, casi al instante.

-Creo que veinte... o eso me dijo.

-A veces veinte, a veces treinta y cinco... Según el día... Según lo que le toque en cada momento...

El hada de tamaño descomunal y colores infinitos ha salido de algún lugar y se ha precipitado hacia nosotras. Al verla, la vieja ha fingido que no hablaba conmigo, ha bajado la cabeza y ha entrecerrado los ojos. Aprovechando que a mi izquierda se encontraba la puerta del servicio de mujeres, he aprovechado para escapar.

-¡Ratita! ¡Ratoncita mía! ¿Qué estabas haciendo ahí, tú sola? Porque, ¿estabas sola, verdad? –Lidia gritaba con voz aún más aguda que la de esta mañana.

He abierto la puerta de uno de los retretes y me he sentado sobre la taza. Quiero esta sola.

Ellos son los locos.