–Cuando escribas una obra de teatro me tienes que poner de hada. No tendría ni que interpretar, porque muchas veces pienso que de verdad soy una criatura de los bosques –me dijo, y limpió de ambos lados de su cara el sudor que perlaba su piel clara antes de ofrecerme dos besos y un abrazo fuerte y caliente.

Se llama Lidia y es una mujer obesa que viste con colores chillones. Ya la había visto antes por aquí, pero nunca habíamos hablado. Hoy llevaba una especie de tocado sobre la cabeza formado por florecitas hechas de lana y un collar de semillas.

–No sé si escribiré una obra de teatro alguna vez... –le he dicho.

–Pequeña mía, tienes que dejar salir a las musas que llevas dentro. No puedes permitir que se marchiten. ¡Hay que crear, cielo santo, hay que crear!

–Sí, y hay que creer... –he dicho, en voz baja.

No me ha escuchado y ha continuado hablando. Le gusta oír el sonido de su voz y, normalmente, prescinde de lo que los demás tengan que decir.

–Hay que crear con las manos y con la mente. Es terapia, es pura terapia. Y hay que dejar siempre que todo fluya de manera natural, espontáea... ¿Cuándo fuiste espontánea por última vez?

Me ha mirado fijamente mientras jugueteaba con las semillas del largo collar y me he sentido como Alicia frente a la Reina de Corazones.

–Supongo que ahora. Ahora mismo, mientras respondo a tu pregunta... –he dicho, fingiendo una media sonrisa.

–Sí... y yo seré un hada en tu obra de teatro. Pero no me pongas de segundona ni de nada de eso... El hada reina de los bosques, esa seré yo...

–¿Quién te dijo que escribía? Además, hace tiempo que no lo hago...

–Esas cosas se ven en la distancia. Y yo soy muy intuitiva. Puedo saber muchas cosas de la gente sólo con mirarla. Puedo ver su aura. Puedo sentir el latido de la Madre Tierra y respirar como lo hace la hormiga, el tejón o la ballena... Todos somos el Cosmos y todo venimos de la misma madre.

–¿Brunito, quizá?

–¿Perdona? ¿Quién? Ay, no sé... soy muy mala para los nombres... Pero ese muchacho negro me dijo que tú podías convertir en un libro cualquier cosa que se te ocurriera.

–Me gusta escribir, pero aún no he escrito ninguno... Tengo aún pendiente escribir la biografía de una amiga que murió hace un tiempo, pero...

Cuando ni siquiera había iniciado mi segunda frase, Lidia había comenzado de nuevo a disfrutar de su propia voz:

–Yo tengo muchas ideas y podría escribir muchos libros, pero lo mío no son las letras. Yo necesito más espontaneidad, cosas más viscerales, menos calculadas...

Una mujer delgada, con la mirada, el pelo y la ropa del mismo tono gris apagado y apolillado se ha hacercado a Lidia.

–¡Cariño, pero si estás aquí! ¡Te he estado buscando por todas partes! ¡Por todos los rincones! ¡Por todos los escondrijos de los ratoncitos! –le ha espetado la obesa Lidia a la esquelética anciana.

Después, la ha abrazado, besado, colocado bien los botones de la chaqueta de lana raída, y se la llevado, cogida del brazo.

–Eres como una ratita. Eres como mi ratita traviesa que se esconde y no sé nunca dónde está... –iba diciendo la mujer de 130 kilos a la que a penas llegaría a los 50.

Las dos se han alejado de mí hasta desaparecer por una de las puertas de la sala de "vida social". Me he quedado allí, sentada en la misma butaca, intentando librarme del olor dulzón de la aspirante a hada obesa y conmovida por la docilidad de su "ratita", y he pensado en Princesa: cielo, te debo un libro, dónde quiera que estés... Ojalá me leyeras... Ojalá me vieras... Ojalá me sacaras de este agujero de pesadilla, irrealidad y agujas. Ojalá me llevaras contigo...